Antonio Miguel Nogués Pedregal

Barcelona, 26 de agosto de 2017 | Fuente http://lameva.barcelona.cat

Llevaba varios días esbozando una columna de opinión sobre los atentados de Barcelona cuando esta mañana me he desayunado con la magnífica columna de la profesora Carmen González Enríquez que plantea un argumento similar al que, de manera muchísimo más torpe, yo intentaba desarrollar: la radicalización de algunos musulmanes no es una cuestión socio-económica sino ideológica.

O dicho con otras palabras, que la violencia yihadista no puede atribuirse solamente –como pretenden algunos—a situaciones de exclusión socio-económica y, por tanto, su tratamiento ni puede ni debe limitarse a implementar medidas solo en este ámbito. De igual manera, explicar el islamismo violento como la respuesta lógica –y por tanto casi merecida—a los agravios de la historia y a su continuación en el presente es, además de un espurio ejercicio de autoflagelación que no redime a nadie, un error elemental de concepto.

Al igual que tantas otras religiones en el mundo, el Islam es una manera particular de ver y de entender el mundo. Como religión que es, defiende unos valores y unos comportamientos sociales que, cuando se siguen, le aseguran al creyente alcanzar lo que sea que se les haya prometido: la resurrección de los muertos y la contemplación de Dios, un cielo repleto de vírgenes, el Nirvana o la fusión con la Madre Tierra. Sin embargo, la complicación con las religiones en un «mundo desencantado» (Entzauberung der Welt en palabras de Weber)(1) surge cuando muchos creyentes no se contentan solo con haber satisfecho su angustia individual al encontrar un sentido a su vida y una explicación a cómo es el mundo, sino que están absolutamente convencidos de saber cómo debería ser y se empeñan en compartirlo con el resto. Esta certeza, al menos en algunas versiones del Cristianismo y del Islam, lleva a que algunos fieles dediquen muchos esfuerzos y recursos a convertir a los no creyentes. Para ello utilizan todo un abanico de métodos, más o menos sofisticados, que van desde las visitas puerta a puerta, la financiación de actividades o el adoctrinamiento en edificios especializados, hasta las más radicales e irreparables como son el etnocidio, las prácticas inquisitoriales o la guerra.

Por estos motivos, para enfrentar una ideología que encuentra su fundamento en una interpretación muy sui generis de unos textos sagrados, se requiere trabajar, al menos, en tres esferas de manera simultánea. En la socio-educativa para que todos (gobernantes y gobernados) aprendamos a respetar las obligaciones y los derechos que, como ciudadanos de un estado social, democrático y de derecho, tenemos protegidos y asegurados, independientemente de la naturaleza de las diferencias que nos distingan a unos de otros. En la esfera de la seguridad ciudadana, es necesario articular mecanismos legales que permitan controlar y prohibir el ardor de un proselitismo asesino y suicida y, no menos importante, también es básico trabajar en el tablero geopolítico para obstaculizar al máximo las líneas de financiación transnacional que mantienen viva la llama que alienta la violencia islamista.

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(1) Ver http://www.elcultural.com/revista/letras/El-desencantamiento-del-mundo/17114 o http://www.boulesis.com/boule/el-desencantamiento-del-mundo